Los socios más cercanos de los Lorenzana, sus peores enemigos en una corte

Los socios más cercanos de los Lorenzana, sus peores enemigos en una corte

Fuente:Plaza Publica ,25/04/2017 02:57 pm



Reportaje por Julie López

Durante casi dos décadas, la familia Lorenzana gastó miles de dólares para ocultar sus actividades de narcotráfico en Guatemala.

Pero hace un año, la posibilidad de envejecer en una cárcel de EE.UU. llevó a seis de sus ex socios a contarlo todo en la Corte Distrital en Washington, D.C., según el expediente que contiene sus casos. Este fue el resultado de una investigación de diez años, que justificó la captura y extradición de tres Lorenzana.

Esos testimonios, y los de cinco detectives, inclinaron a un jurado a declarar culpables a los hermanos Eliú y Waldemar Lorenzana Cordón. Estas son sus historias y la segunda de una serie de tres partes.

La Jefecita y el Negrito: 2000-2001

Sebastiana Hortensia Cottón Vásquez tuvo una de esas vidas que superan a la ficción. Eso era perceptible para cualquiera que escuchó su testimonio en marzo de 2016 en la corte distrital de Washington, D.C. Tenía casi año y medio de estar en la cárcel en EE.UU. y 60 años de edad cumplidos.

En abril de 2015, se declaró culpable de conspirar para llevar droga a ese país, pero eso no la salvó de una condena de 17 años de cárcel. Si estaba sentada frente a los Lorenzana para declarar en su contra, fue porque aceptó colaborar con la fiscalía, para intentar reducir su sentencia.

Cottón nació en Malacatán, San Marcos, a 8 kilómetros de la frontera con México, donde vivió hasta hace tres años. Tenía 10 años de edad cuando dejó la escuela. Trabajó lavando ropa hasta que cumplió 15 años, y se fue a trabajar a una finca. Tenía 18, cuando la secuestró un sujeto que se convirtió en el padre de sus cuatro hijos. La abandonó cuando tenía 25, y estaba embarazada del quinto hijo. Entonces trabajó vendiendo medicinas y café entre Guatemala y México. A la edad de 45 comenzó a traficar droga. Era el año 2000.

Conocía por el nombre de Otto Ventura a un taxista que cubría la ruta entre Malacatán y la frontera con México. Ventura le presentó a Fernando Esquivel, un narcotraficante para el cual trabajó durante casi 15 años. Lo mismo vendía cocaína para él (entre 25 y 100 kilos al mes) que vigilaba un cuarto en su casa donde la almacenaba bajo llave. Cottón se aseguraba de que nadie se acercara sin autorización.

A veces la policía protegía el cargamento hasta que llegaba a mi casa—reveló Cottón—. Básicamente lo escoltaban. Colocaban agentes frente a la carga y atrás de la carga (en vehículos) hasta que llegaba a mi casa.

“Don Fernando (Esquivel) estaba trabajando con el señor Eliú Lorenzana y me lo presentó”, dijo Cottón. Era el año 2000, cuando revisaron personalmente las condiciones de un cargamento que Eliú vendía. Esta era la cocaína que los Herrera le enviaban por aire, mar o tierra. En la finca El Llano, en Zacapa, Esquivel y Cottón revisaron una carga de 300 kilos, y también se detuvieron en otra finca de los Lorenzana en La Reforma, Zacapa.

—¿Había algo destacable en la casa? —preguntó la fiscal Emily Cohen.

—Tenía una piscina y un jardín —respondió Cottón.

—¿Y cuán común es tener una piscina en casa en Guatemala? —persistió Cohen.

—Bueno, la gente que tiene dinero puede pagarlo, como los narcos, gente como nosotros, narcos —admitió la testigo.

Después de esa primera reunión, Cottón fue el contacto entre Esquivel y Eliú. Se conocieron lo suficiente como para que ella lo recordara todavía cuando se observaron cara a cara en el juicio. Cottón hasta se acordaba de sus apodos. “Él me llamaba ‘jefa’ o ‘jefecita’, y yo lo llamaba ‘Negrito’”, dijo la testigo.

Durante casi cinco años, Cottón trasladó droga de Eliú hacia México. “Él llevaba la cocaína a mi casa, y yo la transportaba a México,” reveló Cottón. Se trataba de cargamentos de 50 kilos hasta una tonelada, que ella le vendía a un mexicano que sólo conocía como Lucas Vásquez, de Michoacán, su única conexión con el mercado comprador. “Lucas me decía que los jefes en Estados Unidos sólo querían buena calidad (de droga), un buen porcentaje (de pureza), y buena apariencia”, recordaba.

Cottón también le compraba cocaína a Eliú, para vender por su cuenta. Comenzó comprándole cada kilo en US$5 mil en 2001, y acabó pagándole hasta US$12 mil en 2011; el precio dependía de la disponibilidad del producto. A veces Cottón debía pagarle por adelantado a Eliú, y otras veces él le permitía que primero vendiera la droga para pagarle. Le daba hasta un mes porque la dificultad para mover tanto efectivo por la frontera, de EE.UU. hacia México, retrasaba el pago por la droga. “Entonces Eliú me decía, ‘Okay, jefecita, no problem’, para evitar riesgos”, relató Cottón.

—¿Y cómo sabía que Eliú Lorenzana tenía cocaína para la venta?—preguntó la fiscal.

—Él siempre tenía, y a veces me llamaba para avisarme —respondió la testigo—. Yo llegaba hasta la finca El Llano y me mostraban la cocaína, y los camiones (donde la transportaban); a veces la desenterraban porque la tenían oculta en caletas subterráneas cerca de un lago. Después, Eliú enviaba la droga a mi casa en uno o varios vehículos, según el tamaño del cargamento.

—¿Tenían protección? —preguntó la fiscal.

—A veces la policía protegía el cargamento hasta que llegaba a mi casa—reveló Cottón—. Básicamente lo escoltaban. Colocaban agentes frente a la carga y atrás de la carga (en vehículos) hasta que llegaba a mi casa.

—¿Y quién le pagaba a la policía? —insistió la fiscal.

—Don Eliú —respondió Cottón.

—¿Y cómo le consta?

—Porque eso es lo que él siempre decía. Una vez le dije: ‘Don Eliú, por favor no mande a la policía a mi casa’, y él me dijo: ‘Ey, no se preocupe; yo me encargo de eso, jefa —relató la testigo.

Cottón dijo que una vez acompañó a Eliú a las montañas en la frontera entre Guatemala y Honduras para recibir una carga que le entregarían los hermanos Valle Valle, capturados en Honduras y extraditados a EE.UU. donde se declararon culpables en 2016. Para entonces, habían admitido que enviaban cocaína a Guatemala, pero ningún documento público revelaba a quién. El cargamento de los Valle Valle que mencionó Cottón era tan grande que implicó cuatro viajes.

En otra ocasión, Cottón y Lucas le compraron mil kilos a Eliú, pero cuando la carga llegó a EE.UU. sólo contenía 900 kilos. Si la iban a devolver desde EE.UU., Cottón y Eliú también debían devolverla al proveedor, pero Eliú decidió cubrir el faltante. “No hay problema, jefecita; nosotros pagamos”, le dijo. “Tenemos que mantener contentos a los gringos”. En diez años, Cottón estima que compró cerca de 40 mil kilos de cocaína a Eliú Lorenzana, aparte de los kilos que él le pagó por llevar a México.

Entre 2001 y 2011, Cottón llevaba los kilos a la casa de un sujeto llamado Ramiro Mesa, quien tenía una propiedad en alquiler justo en la frontera con México (vía San Marcos), donde fluía un río. Mesa cruzaba el río con caballos, cada uno cargado con 80 kilos de cocaína (40 de cada lado) rumbo a México, y regresaba con los caballos cargados de dólares. Si los billetes eran de US$100, cada caballo podía cargar hasta US$5 millones. Mesa llevaba entre uno y cinco caballos, según el tamaño de la carga. Cottón recibía entre US$20 y US$25 dólares por kilo transportado, o hasta US$50 o US$100, según el precio del mercado.

Cottón dijo que también tenía un restaurante montado con dinero del narcotráfico y un negocio de catering con sus hijos, aunque en la calle tenía fama por vender drogas. Trabajaban en bodas y cumpleaños.

“La cárcel te hace hombre”: 2001

El 7 de enero de 2001, Cottón hacía el último de seis viajes que implicaría el traslado de mil kilos que Eliú le enviaba a Ramiro Mesa. “En el último viaje, llegaron en un pickup azul”, recordó la testigo. “Yo estaba con Don Ramiro cuando Eliú le pidió a mi hijo Alfredo y a Alberto Esquivel (hermano de Fernando) recoger 94 kilos de cocaína, pero la policía los detuvo en Agua Blanca, Jutiapa. Lo primero que hice fue hablar con Don Eliú”.

“‘No, Eliú, mi hijo… ¿Por qué él?’, le dije, y me respondió: ‘Dejálo, jefa, que se haga hombre’, y mi hijo francamente sólo tenía 18 años. Fui a Agua Blanca a verlo, y allí estaba, encerrado. Después, Don Eliú me dijo que me ayudaría a sacarlo, con dinero”. Le entregó diez ladrillos de cocaína para pagar la fianza, que ocurrió tres meses después. Pese al episodio, Cottón siguió trasladando cocaína de Eliú hacia México. Cottón estimó que entre 2001 y 2008, le llevó unos 20 mil kilos a ese país en el transcurso de unos 40 viajes.

Unos tres años después, la policía capturó a su hijo de nuevo. Esta vez, cumplió una sentencia de seis años.

El defensor de Eliú intentó convencer de que si su cliente tenía flotas de camiones, dinero y una organización era porque tenían un negocio familiar de melones a EE.UU. Pero cuando el fiscal Lang le preguntó a Linares si el dinero que les decomisaron era producto de ventas agrícolas, Linares respondió: “No. Era de la venta de cocaína”.

US$14.4 millones en efectivo: 2003

Linares era el contador de Herrera, y recibía el dinero directamente, o desde Guatemala hacía arreglos para recibirlo en México. Eran dólares enviados desde EE.UU. para pagar la cocaína que Herrera transportaba desde Colombia a Guatemala, donde otras redes la llevaban a México y EE.UU.

El testigo trabajaba desde una residencia en La Cañada, zona 14 capitalina, que Herrera alquilaba. “Era el centro financiero de la organización de Otto Herrera, donde almacenábamos todo el dinero en dólares para pagar a los proveedores”, reveló Linares.

En abril de 2003, por indicaciones de la DEA, las autoridades catearon la residencia y encontraron US$14.4 millones de dólares en efectivo, armas de fuego y cuadernos con registros de la venta de cocaína a los Lorenzana, y el alquiler de sus bodegas.

“Ese dinero eran las ganancias de la venta de cocaína en EE.UU., el tráfico en la operación de El Salvador, y la venta de drogas transportada en avionetas hasta las propiedades de Waldemar y Eliú Lorenzana Cordón”, dijo el testigo. “Todo el dinero pertenecía a Otto Herrera y era para comprar cocaína a los carteles colombianos”.

—Señor Linares, ¿qué efecto tuvo la incautación en la zona 14 en sus negocios con Waldemar y Eliú Lorenzana Cordón? ¿Se detuvieron las operaciones de narcotráfico por completo? —le preguntó un fiscal.

—Así fue —respondió Linares—. Cuando hay una pérdida así, todo se suspende. Pero cuando sucedió, Otto Herrera ya se había trasladado a México.

Seis semanas después del cateo Linares fue capturado por lavado de dinero. La evidencia que la policía y el Ministerio Público (MP) encontraron lo conectaba a los US$14.4 millones incautados. Era el 22 de mayo de 2003. Linares cumplía un año preso cuando Herrera fue capturado en México, Distrito Federal, en mayo de 2004, y enviado a una cárcel de máxima seguridad. Pero después de 16 meses en la cárcel, Linares logró salir libre con una fianza de Q50 mil. El MP objetó la medida, pero la nueva orden de captura salió 24 horas después y Linares se había hecho humo y había vuelto al narcotráfico.

En la corte en Washington, D.C., Retureta, el defensor de Eliú, intentó convencer de que si su cliente tenía flotas de camiones, dinero y una organización era porque tenían un negocio familiar, que no era más que la cosecha y exportación de melones a EE.UU. Pero el fiscal Lang le derribó el argumento cuando le preguntó a Linares si el dinero que les decomisaron en la zona 14 en 2003 era el producto de ventas agrícolas. “No”, respondió Linares. “Era de la venta de cocaína”.

El Zope, el narco (im)pasivo: 2003-2004

El 10 de junio de 2012, Walter Arelio Montejo Mérida parecía un gallo de pelea. No fue porque se resistiera a ser detenido (estaba recién capturado en Huehuetenango), según un relato del hecho, sino porque hizo una promesa altisonante: le dijo a uno de los policías que lo custodiaba, “Yo no voy a ser mula; yo me voy, me voy a ir (extraditado a EE.UU.), pero eso sí, voy a poner a cagar ralo a varios hijos de puta grandes de aquí, a varios poli…”. Supuestamente, algunos políticos.

Un ex gobernador de Huehuetenango, que pidió no ser citado, aseguraba entonces que el partido oficial (del presidente Otto Pérez Molina y la vicepresidenta Roxana Baldetti) tenía nexos con el grupo que las autoridades identifican como Los Huistas, al que pertencía Montejo, y que es socio del Cartel de Sinaloa. Pero todavía no hay pistas que revelen vínculos, salvo porque una fiscalía especial en Washington, D.C. pidió a Guatemala la captura y extradición de Montejo en 2010, el mismo año en que la misma fiscalía afirma que Baldetti comenzó a conspirar para llevar cocaína a EE.UU. La ofensa de Baldetti finaliza en mayo de 2015, el mes en que renunció al gobierno. Para entonces hacía tres años que Montejo fue capturado en Huehuetenango y extraditado meses después a EE.UU.

El 7 de marzo de 2016, Montejo, también conocido como “El Zope”, se halló sentado en una corte distrital en la capital estadounidense, con una disposición dócil. Tenía 42 años de edad y enfrentaba una sentencia que podía ser de un mínimo de diez años de cárcel o cadena perpetua. Si estaba en la corte era para mostrar suficiente buena voluntad con sus delaciones, y para tratar de obtener una sentencia corta. Para eso debía declarar cómo traficó cocaína con la familia Lorenzana. Hacía justo un año que se había declarado culpable de conspirar para enviar cocaína a EE.UU.

Montejo, que nació en Huehuetenango y vivía en una casa a cinco minutos de la frontera con México, relató que estudió hasta quinto grado primaria, y después trabajó con su abuelo en una finca de la familia: cuidaba el ganado, ordeñaba las vacas, y se encargaba de la cosecha de vegetales. De adulto, tenía su propia finca de ganado y caballos.

En 2014, un oficial de policía dijo en una entrevista que El Zope “había heredado su poder y muchas mañas de Otto Herrera”, y que Herrera fue su padrino. Sin embargo, dos años después en la corte estadounidense, Montejo aseguraba que no conocía a Herrera, no habían hecho negocios tampoco, salvo por 100 kilos que compró a su hermano Guillermo en 2003.

Admitió que se involucró en el narcotráfico cuando conoció a sujeto llamado Ennio Reyes, de la capital, en una oficina de cambio de moneda en Huehuetenango, y Reyes le preguntó si podía alquilar una parte de su finca para trasladar droga a México. Montejo aceptó.

Reyes llevaba la droga a la finca de Montejo, y se la recibían del otro lado de la frontera. Varias veces Montejo observó que cargaban la droga en camiones con placas mexicanas del lado de México. Él no debía mover un dedo y Reyes le pagaba US$30 por kilo enviado. Cerraron trato unas cinco veces entre 2002 y 2005. Explicó a la corte que era bastante común rentar una propiedad para el traslado de droga hacia México. “Muchas personas lo hacían”, reveló. “No había control”.

Montejo también le rentó su propiedad para el traslado de droga a César Gastelum (socio del Cartel de Sinaloa, capturado en 2015), y a un sujeto que identificó como Polo, para instalar una cocina y producir efedrina para llevar a México.

Para entonces, ya había comenzado a vender cocaína, en 2003, hasta aproximadamente 2011. Su primer proveedor había sido Eliú Lorenzana Cordón, a quien podía ver sentado frente a él ese 7 de marzo de 2016, en la corte estadounidense. Un fiscal le pidió que lo identificara.

“Tiene camisa blanca y chaqueta negra”, dijo Montejo.

El testigo explicó que conoció a Eliú alrededor de 2003, por medio de su amigo Aler Samayoa (otro sujeto a quienes las autoridades atribuyen pertenencia a Los Huistas). “Estábamos en Zacapa cuando (Aler) recibió una llamada de alguien invitándolo al cumpleaños de Don Eliú”, recordó. Ambos fueron a la fiesta y tres meses después volvieron a encontrarse.

“Mi amigo Aler Samayoa me preguntó si tenía algún amigo, algún cliente interesado en comprar kilos de cocaína porque Don Eliú tenía algunos”, dijo Montejo. Antes de aceptar comprarlos, quiso ver el producto. “Quería ver si estaban mojados o secos, o quebrados, asegurarme que estaban en buenas condiciones”. Para eso, fue a ver los kilos a una finca de Eliú en La Reforma, Zacapa. Le mostraron 1,200 kilos apilados sobre la mesa del comedor. Aceptó comprarle mil porque no le gustó la presentación de algunos paquetes. Cada uno le costaría US$6,500, pero no debía pagar los US$6.5 millones por adelantado. Eliú los envío a su propiedad al día siguiente; Montejo los vendió y le pagó (tres días después).

“Un trabajador de Eliú, Luisito (no identifica su apellido), llegó por el dinero, lo contamos, usted sabe, cuentas cabales; lo apuntó en un cuadernito y guardaron el dinero en el mismo tipo de camión en el que transportaron los kilos: camión para transporte de ganado, en una caleta en la plataforma”, relató Montejo. Era el mismo modus operandi que utilizaban para trasladar droga desde Izabal a Zacapa (en transacciones en las que fue intermediaria Marllory Chacón). Montejo explicó que el precio de la cocaína sube cuando hay poca droga en circulación en el país, al mayoreo, entonces el precio se puede disparar.

Montejo vendía la cocaína en un precio mayor a sujetos como Gastelum, y otros mexicanos como “Antonio Guízar”, que podía tratarse de Antonio Guízar Valencia (acribillado en 2005), líder del Cartel de los Valencia que operaba en Chiapas y Michoacán. Guízar y otros sujetos pagaban la droga de inmediato a Montejo y la vendían en Reynosa, Tamaulipas. Este sitio estaba lo suficientemente cerca de la frontera con EE.UU., y de San Antonio, Texas, hasta donde la fiscalía creía haber rastreado cocaína que Eliú vendió entre 2000 y 2001.

Tres meses después de esa primera transacción con Eliú, Luisito lo llamó para preguntarle si quería comprar más kilos: entre 2,500 y 2,600, en US$17 millones de dólares. Lorenzana Cordón le envió la droga en un camión cisterna para gasolina. Siguió otra transacción entre 2004 y 2005. Para entonces, Eliú había dejado de recibir droga de Otto Herrera, tras la incautación millonaria de 2003, y en 2004 comenzó a comprar a una proveedora colombiana, según las declaraciones de Marllory Chacón.

Montejo dijo que Gastelum fue uno de sus principales compradores entre 2005 y 2006. Gastelum, que traficaba para un grupo en Culiacán, Sinaloa, le compró 300 kilos (en US$9,500 cada uno) que Eliú le vendió. Unos diez días después, Eliú envió a sus trabajadores en helicóptero a recoger su pago: casi US$3 millones. Montejo ganó US$100 por kilo por la transacción: US$30 mil dólares. Fue el último negocio que hizo con Eliú.

La última vez que lo vio, antes de declarar en su contra en EE.UU., fue el 6 de marzo de 2013, en la cárcel en Guatemala, cuando ambos esperaban su extradición. Montejo fue enviado a Washington, D.C., al día siguiente. Pese a cuanto había hecho, admitió que lo había sorprendido su captura nueve meses antes. Se concebía como un narco a medio tiempo. “Traficaba sólo cuando me buscaban”, explicó. “Unos años podía hacer tres transacciones, y otros años, nada”.

Un año después de que Montejo declarara contra los Lorenzana, ya no aparecía en los registros del Buró Federal de Prisiones, y su fecha de excarcelación aparece como “desconocida”. Este es el mismo status de los hermanos Lorenzana Cordón, a quienes el Departamento de Justicia describe como bajo custodia del Servicio de Mariscales de EE.UU. Montejo también desapareció de los registros públicos.

Seis narcos y cinco detectives: cómo EE.UU. cazó a los Lorenzana






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