Mírame a la boca

Mírame a la boca

Fuente:Zócalo,25/04/2017 09:26 am

Por Dalia Reyes

Mi vecinita de ocho años tuvo unos días aciagos hace tiempo: Se negaba a dormir en su recámara porque tenía la certeza de que, pasada la medianoche, la entonces recién fallecida Jenni Rivera se le aparecería saliendo del guardarropa.

Nunca pregunté a su mamá cómo resolvió el problema –tal vez no lo ha hecho–, pero mis reflexiones me llevaron a concluir lo siguiente: La pequeña veía demasiada televisión y estaba siendo bombardeada por el trágico accidente de la cantante y la historia de Monsters Inc. Las imágenes grabadas en su mente estaban haciendo efectos caóticos.

Algo parecido me sucedió cuando era niña, pero a mí con una muñeca tiesa y enorme, cuyos cabellos enredados sirvieron de trampa a un ratón que dejó la vida en el empeño por escapar de esa melena castaña y falsa. Yo procuraba ponerla tan lejos que sus ojos eternamente abiertos no alcanzaran a mirarme; sin embargo apenas cerraba los míos, esa mirada fría se aparecía en mis sueños.

Como sea, encontrarse con una parte del cuerpo ajena, de alguien que nos resulta ajeno y, sobre todo, no está vivo, es una escena poco deseable, al menos eso dictan las reglas de la normalidad, pero creo que mi conclusión es anormal, y eso lo prueban las tazas, los tarros, los cojines, los saleros, las plumas, los sillones y todo objeto con formas voluptuosas de labios rojos, ojos incandescentes y pompas paraditas.

Las relaciones establecidas entre el ser humano y esos objetos se vuelven por demás extrañas: Hay quienes los bautizan, los apapachan, les conocen el carácter y les encuentran el modo; así ya no tienen una obra de arte con forma de boca, ojo o nalga, sino una taza feliz, un sillón angustiado o un lápiz insano.

Las formas humanas nos resultan familiares, tal vez esa es la razón por la cual tendemos a encontrársela a lo inanimado, llámese roca, montaña, planta o balón de futbol, aunque el caso del náufrago es tema aparte.

Mi abuela decía que cada frijol, en su ombligo, tenía dibujada a la virgen María. Como adivinarán, limpiar frijoles con ella representaba una dicotomía difícil de librar sin culpa, pues en mi cabeza pasaba de la herejía a la necesidad de santiguarme cada vez que echaba uno en la olla de agua caliente.



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